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Instituto de Ecología

Integridad ecosistémica y congruencia en las políticas de desarrollo

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México, como muchos países del mundo, necesita enfrentar los retos ambientales y sociales actuales y adoptar modalidades de desarrollo con objetivos sostenibles y equitativos. Tal agenda, que pone al ambiente y a las personas en el foco del desarrollo humano, clama proactividad y compromisos tanto a nivel local y de los países como en el conjunto de las naciones.

En 2012 las Naciones Unidas emitió un posicionamiento en relación con “El Futuro que Queremos” y destacó, entre otras cosas que:

“Requerimos enfoques holísticos e integrados para el desarrollo sostenible que sean capaces de guiar a la humanidad a vivir en armonía con la naturaleza y liderar esfuerzos para restaurar la salud y la integridad de los ecosistemas de la Tierra.”

En línea con esta forma de pensar y la visión que está surgiendo de tales planteamientos, se ha conformado la agenda 2030 emitida por las Naciones Unidas el 1ro de febrero 2016. Sobre todo, esta agenda cambió los objetivos del marco mundial de desarrollo anteriormente basados ​​en indicadores (cuantitativos), hacia una aproximación basada en estrategias transformadoras que reconocen los vínculos entre las políticas de desarrollo y otras políticas públicas. Con esta acción, este programa ha incorporado una visión más compleja y multidimensional del desarrollo sostenible plasmada en los llamados Objetivos del Desarrollo Sustentable que los países miembros han acordado adoptar.

De hecho, la problemática ambiental tiene muchos frentes, desde luego uno muy visible es el cambio climático, pero otros también graves reciben mucho menos atención en los medios masivos de comunicación. Es el caso de la pérdida de la biodiversidad o la transformación acelerada de los ecosistemas para dedicarlos a otros usos de interés humano. Desde luego, es inevitable modificar espacios naturales para convertirlos en áreas de producción de bienes de valor para nuestras economías. Sin embargo, nuestra creciente comprensión de los vínculos que guardan las economías y el bienestar de los seres humanos, con la condición que guardan los ecosistemas a nuestro derredor, nos impulsan a buscar formas más inteligentes de producir lo que necesitamos sin dañar absurdamente a la naturaleza.

En esta línea, organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Unión Europea (UE), han señalado la urgencia de una mejor implementación y coherencia de las políticas públicas para el desarrollo (CPD), que es una herramienta política destinada a promover economías cuya producción apoye la sostenibilidad y la equidad. La posibilidad de hacer esto va de la mano con la apreciación de que es importante mantener la integridad de los ecosistemas. Esta apreciación ha sido manifestada tanto dentro del contexto científico, como en otras formas de conocimientos (indígena, ancestral o local). El interés común en cada una de ellas es mantener a los ecosistemas en una condición tal que puedan funcionar por sí mismos lo más posible, es decir sin depender de acciones de reconstrucción por parte de los seres humanos.

Resultados preliminares del análisis realizado para México, permiten reconocer que hay importantes espacios geográficos con baja integridad ecosistémica. Tal es el caso de Veracruz, que como ya se ha reportado, es un estado que resiente la alteración de su vegetación original en más del 80% de su territorio. Aunque tal modificación ecosistémica supone un incremento inmediato en los beneficios (alimentos, ganadería, agricultura), también implica una merma en la capacidad de los ecosistemas para responder a las tensiones que impone el cambio climático, por ejemplo.

En México estamos trabajando con bastante éxito en generar indicadores para medir la integridad de los ecosistemas. Estimamos que es posible contar con herramientas que midan con cierta exactitud esta integridad, de acuerdo desde luego con la variada naturaleza de los ecosistemas. También estimamos posible seguir en el tiempo el cambio que ocurra en dicha condición. Lo interesante de esto es que estamos acercándonos a tener herramientas que nos ayuden a valorar, en conjunto, el cambio ambiental que se manifiesta en la alteración de la salud de los ecosistemas.

Estas herramientas innovadoras tienen un significativo potencial para nutrir de información y generar nuevas estrategias de desarrollo destinadas a promover la integridad de los ecosistemas, a través de políticas de desarrollo y la coherencia de las políticas públicas para el desarrollo.
Hay que ser conscientes de que estos cambios no ocurrirán sin la necesaria interacción de los actores sociales entre sí y con las instituciones en donde se manifiestan los múltiples y, frecuentemente divergentes, intereses sectoriales. Es en este contexto en donde se definen y operan las políticas públicas a las que nos referimos. Por los que es solo así que podremos aspirar al cambio proactivo e informado en relación con la equidad y la integridad ecosistémica.

Estamos pues, ante una interesante encrucijada para avanzar hacia la sustentabilidad en la que debemos encontrar formas de convertir nuestros avances científicos en insumos valiosos para diseñar nuevas políticas públicas, en tono con las aspiraciones globales manifiestas en acuerdos mundiales como las metas de sustentabilidad de las Naciones Unidas. México ha sido bastante hábil para idear instrumentos regulatorios novedosos, no lo ha sido todavía tanto en la calidad de su implementación. Por eso, debemos ser ambiciosos al diseñar nuevos instrumentos que incorporen los avances científicos para estimar la integridad ecosistémica e implementarlos en políticas públicas innovadoras.

Vemos con claridad que existe el potencial de aprovechar las capacidades técnicas existentes actualmente (satélites, sensores, capacidad de cómputo y almacenamiento masivo de datos por ejemplo), los avances científicos sobre procesamiento de datos y comprensión de los procesos ecológicos (métodos de análisis de grandes volúmenes de datos, modelación matemática y descubrimiento de patrones que definen la condición de los ecosistemas) y el conocimiento sobre los procesos sociales que hacen posible y ventajoso el diseño y adopción de instrumentos de política que den coherencia al desarrollo (apropiación de las prioridades del desarrollo, focalización en el logro de resultados, cooperación para el desarrollo y transparencia).

Con estos elementos podemos abordar el gran desafío que tenemos delante: México necesita valorar la salud de sus ecosistemas para manejarlos y conservarlos sabiamente, debemos hacer esto en coordinación con una sociedad consciente y oportunamente informada. Si logramos hacer esto, México podría ser un líder ejemplar en las políticas globales de desarrollo sostenible.

Texto:

Miguel Equihua, Octavio Pérez-Maqueo, Griselda Benítez, Carmen Maganda, Instituto de Ecología, AC (Inecol)
Harlan Koff, Universidad de Luxemburgo


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