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Instituto de Ecología

Ganadería sustentable

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Por  Dr. Miguel Rubio Godoy, Director del INECOL

A la mayor parte de los mexicanos nos gusta comer carne, queso y varios otros productos de origen animal: son parte integral de varias de las cocinas típicas de nuestro país – cochinita pibil, tasajo, cecina, carnitas, barbacoa, mixiote, cabrito… Muchas de las recetas tradicionales son sincréticas, pues combinan herencias prehispánicas y españolas: el achiote yucateco se usó para sazonar el cerdo ibérico, la hoja de maguey del altiplano sirvió de aromático cuenco para cocer el pollo o el carnero en una mezcla de hierbas y chiles autóctonos, etc. En todos estos casos, los animales requeridos por la receta llegaron a México con los conquistadores españoles: vacas, cerdos, cabras, borregos y gallinas. Con los animales llegó también el conocimiento de cómo criarlos, la ganadería.

Si tomamos el caso de la cría de vacas, ilustrativo no sólo del cultivo de otros animales, sino en general de las actividades productivas de la humanidad, vemos que durante siglos fue una empresa casi artesanal y con un mínimo impacto en el entorno: los ranchos tenían unas cuantas cabezas de ganado que sacaban a pastar durante el día y guardaban de noche en el establo para poder ordeñarlas; y al ganado de engorda lo conducían los pastores por el territorio, moviéndose con las estaciones en busca de forraje, o de plano lo dejaban deambular libremente durante meses por el monte, formando el descriptivamente llamado ganado montaraz. Al aumentar paulatinamente la población humana, creció el requerimiento de carne, leche y productos lácteos y se fue intensificando la producción ganadera y con ello su impacto ecológico: poco a poco se fueron formando hatos más grandes y cercanos a las granjas; hubo necesidad de tener más pastizales y por ello se talaron bosques y selvas; se tuvieron que crear bordos, acequias y canales para proveer agua a los animales; y cada vez había menos ganado montaraz y más estabulado, guardado en establos en los que se le podía engordar rápidamente con granos y forraje cultivados en campos donde probablemente antes había forestas. Así, impulsada por el crecimiento poblacional y la concomitante demanda de alimentos, la ganadería literalmente fue ganando terreno en el país; muchas veces convirtiendo extensiones de vegetación nativa en vastos pastizales para alimentar a los animales. Como muestra basta un botón: Veracruz es la entidad a donde llegaron las primeras reses en el siglo XVI, y hoy es el primer productor nacional de ganado vacuno y dedica a la ganadería el 60% de su territorio. Por otro lado, Veracruz es el tercer estado más rico en biodiversidad, pero actualmente queda menos del 19% de la cobertura vegetal original de la entidad – el resto está transformado por la actividad humana, en gran medida por actividades agropecuarias.

Para dimensionar correctamente la creciente demanda sobre el sector ganadero, conviene considerar la magnitud del crecimiento poblacional humano en años recientes: hace 50 años, en 1968, había 3’500 millones de humanos sobre el planeta; hoy somos más de 7’000 millones y la predicción es que la población siga creciendo – y demandando comida, entre otras muchas cosas. Este notable y acelerado crecimiento ejerce una presión colosal sobre los sectores productores de alimentos, la ganadería entre otros. Pero como aclaré desde un inicio, la ganadería es sólo un ejemplo del impacto de las actividades humanas sobre el entorno: ¡los ganaderos no son “los malos de la película”! En todo caso, lo son en tanto son seres humanos y es la humanidad entera la que ha estado creciendo a tasas casi exponenciales y demandando cada vez mayor productividad de todo tipo, y con ello teniendo un impacto ecológico cada vez más notable y severo sobre el planeta, el vivo y el inanimado: pérdida de especies y cambio climático, por citar un par.

Para no hacer el cuento largo, si queremos sobrevivir, tenemos que repensar nuestra relación con el entorno y reconocer que somos los causantes de su deterioro: asumir que las actividades productivas tienen que ser sustentables – que permitan que los sistemas naturales se recuperen y puedan seguir brindando servicios ecosistémicos. Regresando a la ganadería, tenemos que encontrar un nuevo equilibrio: ser más “amigables” con el medio ambiente y sus habitantes, pero al mismo tiempo ser más productivos y rentables en términos económicos. Se antoja un objetivo descabellado e inalcanzable… Afortunadamente en el mundo tropical y subtropical hay varios ejemplos de ganadería que busca utilizar plantas nativas para alimentar al ganado, y afectar menos la vegetación y el suelo modificando la manera en que se desplazan los animales en el terreno; en cierto modo, se trata de imitar el comportamiento de los herbívoros naturales. Estos métodos de replantear la crianza de animales tienen distintos nombres (ganadería sustentable, silvopastoril, holística, Voisin, etc.) y ligeras diferencias entre sí, pero todos tienen en común la preservación del entorno sin comprometer la rentabilidad de la ganadería.

 


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