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El Colegio de la Frontera Sur

Promueven la convivencia pacífica y la prevención de la violencia escolar y familiar en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas

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La violencia contra las niñas, niños y adolescentes existe en todos los países y cruza las fronteras culturales, las diferencias de ingreso, educación, sexo, origen étnico y edad. La UNICEF (2011) señala que miles de niños y niñas del continente americano crecen expuestos a la violencia en todas sus formas en las familias, colonias, centros escolares y a través de los medios de comunicación.

Diversos estudios, desde los clásicos liderados por Albert Bandura (Bandura, Ross y Ross, 1961) hasta aquellos basados en el análisis de procesos cognitivos y emocionales (Schwartz y Proctor, 2000; Guerra, Huesmann y Spindler, 2003; Torrente y Kanayet, 2007; Chaux, 2012), señalan que los niños, niñas y adolescentes que están expuestos a diversas formas de violencia en las escuelas y en sus familias tienen una probabilidad mayor de desarrollar comportamientos agresivos, es decir, realizar acciones con la intención de hacer daño a otros por medios directos, como los golpes e insultos, o indirectos, como los rumores o la exclusión (Lagerspetz y otros 1988).
Si no se realizan intervenciones sistemáticas en estas problemáticas desde edades tempranas, es muy probable que quienes experimenten situaciones de violencia en la niñez y adolescencia tiendan a reproducirla cuando sean adultos, generando así ciclos intergeneracionales de violencia (Chaux, 2003; Huesmann y otros, 1984; Chaux y otros, 2009), y lo que es peor aún, que vean a ésta como algo normal (Ghiso y Ospina, 2010).

La Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Seguridad Pública sostienen que desde muy temprano los niños y niñas aprenden que la violencia es una forma eficaz para “resolver” conflictos interpersonales, especialmente si la han padecido dentro del hogar, ya sea como víctimas o como testigos. La violencia se transforma paulatinamente en el modo habitual de expresar estados emocionales como enojo, frustración o miedo; situación que no se constriñe exclusivamente al seno familiar, sino que invariablemente se verá reflejada en la interacción de cada uno de los miembros de la familia con la sociedad (SSP-SEP, 2012).

Actualmente se espera que la escuela, además de cumplir con sus metas académicas, ofrezca a nuestros niños, niñas y jóvenes la posibilidad de adquirir y ejercitar habilidades personales y relacionales que les permitan desarrollarse como personas y como ciudadanos miembros de una sociedad.
La escuela y la familia tienen la cualidad de establecer tempranamente estrategias para fortalecer y desarrollar comportamientos prosociales —conocimientos, habilidades y aptitudes— como la empatía, la escucha activa, asertividad, y la resolución pacífica de conflictos que, entre otros, nos permiten actuar de manera pacífica y respetuosa con quienes nos rodean y con las personas con las que convivimos cotidianamente.

La prosociabilidad permite a las personas distinguir entre una acción buena y una mala con respecto a los demás, y entre lo que es socialmente aceptable o no (Eisenberg, 1999; Roche, 2010). Las conductas prosociales se identifican cuando se ayuda a otras personas, lo cual implica una disposición emotiva, comportamental y cognitiva en beneficio de otros. Según Meece (2001), los niños y niñas prosociales suelen ser más exitosos y hacen más amigos en la escuela.
Con el objetivo de implementar un modelo multicomponente para la prevención/intervención de la violencia en el ámbito escolar y familiar desarrollamos la investigación “Construyendo escuelas para la convivencia pacífica y la prevención de la violencia escolar y familiar en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas”, con la cual pretendemos que la comunidad escolar desarrolle y fortalezca competencias prosociales para promover una cultura paz.

El proyecto está planteado en los principios de educación para la paz con un enfoque de derechos humanos, participan siete escuelas de educación básica —públicas y particulares— en las que estamos brindando herramientas teóricas-prácticas a docentes, directivos, estudiantes y familias para promover ambientes escolares de convivencia pacífica y disminuir la violencia.
Al inicio del proyecto el personal docente evaluó las conductas de cada uno de sus estudiantes, recopilando información de aproximadamente 1 500 estudiantes y logrando identificar a quienes tenían altos y bajos niveles de prosociabilidad. Luego de este proceso, se conformaron 68 Grupos Estudiantiles para la Paz que quedaron integrados por cuatro estudiantes identificados como prosociales y dos como poco prosociales, de niveles preescolar hasta secundaria, y que participan semanalmente en un taller que consta de diez sesiones, las cuales son lideradas por promotores de la paz.

Para estos talleres se diseñaron tres manuales: uno para trabajar con niñas y niños de preescolar, primer y segundo grado; otro para estudiantes de tercer y cuarto grado; y otro para quinto, sexto grado y secundarias. Estas guías contienen las actividades e indicaciones a desarrollar con los grupos estudiantiles para la paz, así como un componente lúdico que consiste en la descripción de juegos, dinámicas, lecturas de cuentos, análisis de casos, elaboración de materiales didácticos, dramatizaciones, y cantos.

Como parte del proyecto también se está realizando el diplomado “Construyendo escuelas para la convivencia pacífica y la prevención de la violencia escolar y familiar” con la participación de 130 docentes y directivos de las escuelas, y se ha involucrado activamente a las familias en la intervención, a través del curso “Convivencia sin violencia” en el que participan 115 padres y madres de familia de las escuelas involucradas, quienes también juegan el rol de Promotores de la Paz. Asimismo, hemos llevado a cabo diversos talleres familiares en las escuelas.
Por otro lado, hemos realizado grupos focales con docentes, padres y madres de familia, y entrevistas semiestructuradas con directivos y promotores con la intención de identificar sus percepciones acerca de la efectividad o no de la intervención, sobre los avances y el alcance en su vida personal y familiar, y contemplamos realizar una evaluación final para que las y los estudiantes nos compartan sus aprendizajes, impresiones y experiencias significativas en el proyecto y de los contenidos abordados en las sesiones.

Algunos resultados parciales indican que los proyectos de educación para la paz, que hemos desarrollado en esta ciudad y en el norte del país, promueven favorablemente en las escuelas la participación de la comunidad educativa; que las técnicas para reducir la violencia son efectivas cuando se promueven de manera sistemática entre estudiantes; que el compromiso del personal directivo es una variable importante para una intervención efectiva; que favorecen la participación activa y formal de los padres y madres de familia en las escuelas; que el 85% del personal docente señala que las estrategias son interesantes y que la propuesta en general es innovadora, además, que están viendo resultados positivos en poco tiempo. Otros resultados cualitativos indican que en las escuelas se están desarrollando habilidades de escucha, asertividad, empatía y resolución pacífica de conflictos que impactan no solo a estudiantes, sino a los miembros de las familias que participan como promotores de la paz en las escuelas.



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